por Héctor Alvarez Castillo
"Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?"
Ajedrez, Jorge Luis Borges
Esa noche, hasta el alba no concilié el descanso. Dormitaba y de a ratos despertaba sobresaltado; tenía su imagen ante mis ojos. Lo veía sonriendo, veía a Ismael terriblemente satisfecho consigo mismo, y me veía a mí, del otro lado del tablero, con ganas de escapar llorando; con ganas de correr y perderme donde nadie me viera. El sueño y la realidad eran una sola pesadilla.
A mi cuarto llegaba una tenue luz que provenía del baño. En casa se tenía la costumbre de que esa puerta permaneciera entornada, con la lámpara de menor consumo encendida durante la noche, hasta que alguien se levantara y, entrado el día, la apagara. Con los años un extraño me contó que ése era un hábito de los que no estaban bautizados; pero yo lo estaba, y lo estaban mis padres y mis hermanos -¡éramos católicos!-, por lo que no le di importancia a esas palabras. Tal vez sea cierto que esa luz espanta fantasmas, y atempera nuestros miedos e inseguridad. Y por más que parezca tonto, ya de grande, insisto con ese ritual.
En la ocasión que relato fue distinto. Esa luz era un faro que iluminaba el desastre. No fue mi salvación ni nada semejante. Aún no había leído que cada derrota es una muerte, que se la vive como si lo fuera; no hizo falta, lo sentí, lo sentí dentro. Cuando sus piezas devastaban la ciudadela de mi rey, percibí que no sólo terminaba una partida, sino que luego del mate era yo quien dejaba de tener valor. Yo era quien no valía nada. Sonrió. No lo vi, pero supe que sonrió, con sus cachetes rosados, con sus medias y pantalón inmaculados, con la cadena y esa estrella o cruz que le caía del cuello, paseando la vista hacia un lado y hacia otro. Antes no lo había hecho, esa guerra que se libraba entre nuestras piezas acaparaba toda su atención. No debía desconcentrarse ni un segundo, pero ahora se regodeaba ante su festín y la mirada del público, que conspiraba en su favor.
Se acercaron a la mesa más espectadores de los que, generalmente, presencian un duelo de niños. En un inicio eso me entusiasmó. Creí que mi victoria se vería acompañada por quienes en otras oportunidades habían festejado mi juego. Era la primera vez que nos enfrentábamos en un torneo pensado. Pero mis expectativas se malograron. A medida que mis piezas iban cediendo terreno, que mis caballos y mis alfiles retrocedían ante sus peones y piezas menores, el control del centro ya no fue mío y mis fuerzas se desmembraron en dos. Mi ejército fue fatalmente disperso, y mis flancos se convirtieron en islas de un archipiélago sin un océano que las contuviera. La violencia de su juego me forzó a cambiar mi mejor pieza, mi esperanza. Dejé la dama por una torre y un caballo; logré robarle un peón, pero supe que tras esa escaramuza sólo me restaba la defensa y la confianza en un milagro.
Su destreza no me pareció la de un creador, pero sus jugadas revelaban una mente fría que se extasiaba en un conocimiento que superaba mi capacidad. Ésa era su fuerza. Yo sabía menos que él, y mis cálculos y mis argucias tácticas no eran suficientes para vencerlo. Él no carecía de la dosis exacta que neutraliza los avances de la imaginación.
Una vez que su ejército llegó hasta mi rey, en pocas movidas quedé absolutamente perdido. Y la combinación final se dio con pasmosa naturalidad, sólo fue un epílogo, la última línea en un relato que nos deja la sensación de que lo podríamos haber escrito nosotros mismos y que por una razón, que ignoramos, no lo hemos hecho.
Firmé la planilla como si fuera un autómata, no un ajedrecista, y me apreté a la silla con un deseo salvaje de huir, sin que nadie me viera, de estar solo y no tener que cambiar palabras con nadie. No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que alguien me toco un brazo y dijo lo que no entendí. Me paré y me alejé caminando. Bajé las escaleras en silencio. Dentro de mí tenía certeza de lo que había sucedido, aunque no tuviera el valor de confesármelo.
Tenía once años, mi edad. Entró al círculo una mañana de domingo. Estábamos reunidos en la escuela dominical. Observábamos un final de torres, mientras Bolbochan nos alentaba a que halláramos el plan correcto. Entró y dio con la primera jugada, y luego con la segunda. Se equivocó en la continuación, pero vi que Jacobo sonreía, entonces supe que había dado con la idea ganadora, y se hizo de la victoria sin que aún supiéramos su nombre.
– ¡Ismael! ¡Ismael! ¡Dale, que ya es hora de almorzar! –El padre se precipitó con brusquedad en lo nuestro, lo tomó de la mano y se lo llevó con él. Antes de salir de la habitación, dio vuelta y miró hacia los que permanecíamos junto al maestro. Su mirada no era la de un nuevo amigo, la de un alumno que se incorpora al grupo; era la de un bárbaro que llegaba para adueñarse de lo que nos pertenecía, gracias a un conocimiento que no sabíamos de dónde le llegaba, y todo bajo el disfraz de los buenos modales y cierto aire de indiferencia.
Bolbochan le dijo que lo esperaba el próximo domingo; el padre le dio la mano y se marcharon. En lo que restó de la clase, no pude concentrarme en las variantes que desfilaban por el tablero. Sólo tenía cerebro para volver a esa jugaba de torre que no se me había ocurrido.
La edificación culminaba en una glorieta, con breves ventanales que conformaban un hexágono, desde el que se miraba hacia un jardín con pinos y algunas acacias, además de dos o tres limoneros que se ubicaban en una esquina de ese pequeño bosque, donde a veces íbamos a corretear entre las partidas, y gastábamos esa energía que sobra por esos años.
Debe haber sido porque era un sitio con tinte de sagrado, a la vez que alejado del resto de los salones del círculo, lo que hizo que se convirtiera en un refugio natural para el grupo de infantiles y de cadetes, que animábamos los equipos del club. Era un espacio abierto, pero secreto. Era nuestra glorieta, la que hizo que años más tarde, cuando ya no la visito, la lleve guardaba en la memoria por encima de otros paisajes de la niñez y de la adolescencia.
Veo su piso ajedrezado, los grandes baldosones blancos alternados con negros. La alta puerta de madera de dos hojas, que comunicaba con el salón de los ping-pones, la mesa de paño verde, donde las cartas se deslizaban con el vértigo propio de los juegos de baraja. Esa mesa ocupaba el centro del ambiente y en ella desparramábamos un entretenimiento de guerra y estrategia, que estaba de moda en esos años. Se jugaba con fichas, tarjetas y dados, sobre un mapa del mundo inspirado en las antiguas cartografías, y nada fiel a ninguna conocida. Sólo guardaba con ese pasado algún nombre y la evocación de lo que ya no era.
Ismael no era de reunirse con nosotros, pero en algunas ocasiones tomó parte de nuestras tardes de sábado transcurridas en ese pasatiempo de estrategia militar. Yo era de hacerme de Europa y desde allí ir por el Sur, desde Sahara y cruzar el océano hasta mi grito de alegría cuando me adueñaba de Israel. Sino avanzaba por los países centrales, vía el cruce Polonia-Turquía. Y ahí, nuevamente, redoblaba mis esfuerzos hasta que Israel era mía, y pegaba el grito: ¡Roma, Roma se hace de la tierra de Yahvé!, y observaba a Ismael, que daba vuelta el rostro, mordiéndose los labios, sin atreverse a que alguien percibiera su malhumor. Pero yo sabía que eso a él lo molestaba, y lo mejor era cuando el destino lo había puesto, justamente, en la defensa de ese país.
Hay quienes dicen que ese juego primitivo también goza de una estrategia propia, pero no confío en ese juicio. Para mí lo que hacía que yo triunfase era, sencillamente, que la mayoría de las ocasiones en las que jugábamos, no sé por qué, la suerte estaba de mi lado.
Hacia fin de año en la federación se disputa un torneo por equipos en el que participan círculos de ajedrez y otras entidades que la integran. En cada formación hay dos jugadores por categoría y dos representantes juveniles. Ese año, gracias a nuestros desempeños, esos lugares nos habían correspondido. Ismael iba de primer tablero y yo, César Arditti, el hijo del tano, en el segundo. No me cayó bien la ubicación, más allá de que me habían elegido por primera vez para ser parte del equipo. Pero aquella partida que me atormentó y un par de malas actuaciones, no me daban derecho a queja.
Comenzamos con viento a favor. Ganamos los tres primeros matches y empatamos uno; pero en el quinto y sexto encuentro, la suerte no estuvo de nuestro lado. Perdimos en los tableros bajos y eso condenó el resultado. Ismael, mientras tanto, iba haciendo de las suyas. Llevaba cuatro victorias y apenas dos empates. Yo había sido vencido dos veces y ganado tres juegos, con un empate en la segunda ronda. Pero llegó el séptimo encuentro. Un match decisivo. Nos tocaba contra el Círculo de San Martín, que estaba arriba de nosotros por dos puntos en la general.
El duelo iba parejo hasta la tercera hora de juego. Recién cerca del antiguo control de tiempo, con la jugada cuarenta, tomamos la delantera por un punto. Con mantener esa distancia, en la sesión de suspendidas del lunes, nos bastaba. Ismael había vencido al campeón cadete de San Martín, y yo estaba en un final de torres y piezas menores, que aún mantenía escaramuzas propias del medio juego. Dejé mi jugada secreta escrita en la planilla; el fiscal tomó las de ambos y cerró el sobre, hasta que reanudáramos la partida, a las veinte horas del día siguiente. Los tres firmamos el reverso, entonces se acercó el capitán y me enteré de que también había suspendido uno de nuestros jugadores de segunda categoría, y que ese juego, con seguridad, culminaría en tablas, apenas iniciada la continuación.
Me trasmitió que la partida que decidía el enfrentamiento era la mía. ¡Mi partida, no otra! Y ambos sabíamos que llevaba las de perder. No encontraba una estrategia de defensa que equilibrara la posición, ni una simplificación que no tuviera otro resultado que la derrota. Se quedó conmigo y trató durante un buen rato de dar con una salida –había sido campeón del círculo–, pero no halló nada y, entre fastidiado y con otras cuestiones que resolver, se marchó. El resto ya se había retirado antes.
Con el éxodo se fueron apagando otras luces. Yo seguía ahí. Contemplaba la posición con una opresión en el pecho, que no es sano para un joven de esa edad. No podía evitarlo, era propio de lo que había elegido, y por más que maldecía esos movimientos de peones, realizados a la salida de la apertura, ahora era tarde. Recordé a Nimzowitsch, quien señaló lo evidente, que los peones no retroceden. Es notable como los ajedrecistas, en más de una ocasión, nos obstinamos en pasar esto por alto. Avancé temerario esa infantería de maderas torneadas y ahora presenciaba el descalabro. Si hubiera seguido el consejo de Lida de pensar con las palmas debajo de las piernas, atrapadas entre nuestro cuerpo y la silla, de ese modo hubiera tenido un segundo extra, antes de liberarlas y ejecutar el movimiento. Luego nos sucede lo que a todos, vemos cuando ya es tarde que se ha cometido un error. No procedí de un modo ni del otro. No oí a Nimzowitsch ni a Lida, y jugué peón avanza, peón avanza y peón avanza. Confiando en mi destino.
Debo haber permanecido más de media hora estático. Lo único que cada tanto realizaba era el movimiento de un par de piezas, y luego, cuando observaba que no había conseguido nada, retornaba a la posición en la que había sellado. El ajedrez es una actividad solitaria, pero ese día la soledad creció hasta un punto en que se transformó en agresión y sufrimiento. Dicen que las derrotas, a los que sirven, les dan más bríos, les dan deseos intensos de que llegué el otro día y que dé comienzo un nuevo juego. Ésa es la sangre de un campeón, el temple de los que llegan. Pero yo dudaba en esa instancia. Quizá era flojo y el ajedrez me exigía cierta entereza y seguridad, que no eran propias de mi temperamento; debía tener un carácter fuerte, una personalidad arrolladora, además del talento del que se habla. Sumergido en esas cavilaciones y jugadas que no resolvían nada, decidí que era hora de retornar a mi casa. Mis padres ya habrían cenado y yo debía madrugar.
Por la mañana fui al colegio. Me sentía entre cansado y aturdido. Debía presentarme a las veinte horas y mi situación estaba igual que el día anterior. Cuando regresé de gimnasia, comí algo y decidí ir al círculo temprano. Llegaría cerca de las seis y tendría aún dos horas por delante. Agarré la bicicleta y pedaleé hasta alcanzar el portón negro de la entrada. El casero abrió los candados y corrió las cadenas. Dejé la bicicleta contra un pino y atravesé los salones directo a nuestro refugio.
No había transcurrido demasiado tiempo, apenas el suficiente para armar la posición, cuando oí que se abrió la puerta de la sala contigua y sentí los pasos que avanzaban seguros; se dirigían hacía donde yo estaba. Alguien del otro lado giró el picaporte, se desplegó una hoja de madera y cuando alcé los ojos lo vi. Ismael me observaba. De la sorpresa, tal vez, sólo atiné a bajar la vista y perderme en el tablero.
Fue cuando habló, seco pero amigable. Propuso ayudarme, que trabajáramos juntos y diéramos con algún recurso que me permitiera empatar la partida. Aludió rápidamente a que eso se le había ocurrido durante la noche. Dijo que antes de marcharse vio la posición y que luego se enteró de la suspendida. En las primeras horas de la tarde lo consultó al capitán y él estuvo de acuerdo. Sabía que me iba a hallar en el círculo y, a igual que yo, esperó la hora de apertura, y acudió al encuentro como si éste hubiera sido una cita antiguamente concertada.
Vacilé un instante, y estuve a punto de decirle que no, que no aceptaba su ofrecimiento, que prefería analizar solo. Pero su ayuda podía salvarme de ser el único que se exhibía como responsable de que se nos escapara el torneo, y al fin, si salía de ésta, el mérito de la partida iba a ser para mí.
Se sentó y acomodó los lentes. Por algunos minutos no agregó nada. Calló. Hice como si estuviera calculando variantes, aunque mi mente sólo estaba pendiente de lo que él hiciera o dijese, de si adelantaba una mano hacia las piezas o si las mantenía cruzadas sobre el pecho. Mi vergüenza en esa situación incluso me llevó a fingirme a mí mismo. Él estaba en lo suyo, por su cabeza pasarían variantes hasta que diera con la jugada precisa. Yo sabía que en ese momento se precipitaría sobre el tablero y realizaría la movida exacta, que él era capaz de leer en la posición mejor que ninguno. El ajedrez es una singular gramática que algunos descifran mejor que otros, y ese don no se adquiere con estudio ni horas de dedicación. Y era de esos, de los que tienen ese don. Yo ya no tenía más fuerzas para negarlo.
Durante meses, en mi habitación, mientras repasaba variantes de aperturas y partidas de grandes maestros, atosigado de libros y revistas especializadas, con tableros armados en varios sitios, donde alternaba análisis y líneas principales, en la cabeza tenía una idea que no me dejaba tranquilo, me obsesionaba como esas picazones de verano que sólo logramos hacer más intensas. ¿Qué estaría haciendo a esas horas, estudiaría a la par de lo que yo estudiaba? ¿Por qué daba con el plan correcto con esa facilidad? ¿Qué es lo que hacía que las cosas fuesen así?
La fuerza de su juego no sólo provenía de su preparación, de la frialdad que lo caracterizaba o de su talento. Por encima de otras cosas, era un optimista, y esa energía la trasladaba a todo lo que le interesaba. Cómo encaraba los análisis, la competencia, cómo ingresaba a una sala, la manera de sentarse, siempre delataban su confianza en que los sucesos tomarían un curso favorable y que, por más difícil que fuera la apuesta, la suerte estaría de su lado. Ese temperamento magnificaba el don.
El silencio continuó hasta que oímos el canto sorpresivo de una calandria que llegaba desde los árboles, entonces Ismael deslizó un peón hasta cinco alfil. Aprecié que a las negras le quedaban dos alternativas, cambiaban y se simplificaba la posición hacia un final con posibilidades de tablas, o se cerraba el flanco rey y mi rival ya no tendría vías simples para desnivelar el juego. Ahí percibimos que ése era el camino que debíamos explorar. Era posible que lográramos que fuera perdiendo sus chances en el único sector del tablero donde realmente mantenía ventaja.
Lo que siguió fue una carrera contra el tiempo, con análisis acalorados. Al comienzo nos comportábamos como caballeros, uno hacía una jugada, miraba al otro, preguntaba. Después fuimos entrando en un frenesí, en un vértigo donde perdimos todo reparo y compostura. Metíamos la mano en el tablero sin esperar que el otro asintiera; las piezas y peones iban y venían. Retornábamos a la posición inicial y, nuevamente, una locura de variantes y subvariantes se sucedían sin descanso. Por momentos creíamos que todo se derrumbaba, irremediablemente, hasta que otra continuación nos devolvía la esperanza. Así fue cómo dimos con el plan, así fue cómo dimos con la secuencia precisa, así fue cómo supimos los dos, al mismo tiempo, que la partida estaba salvada. Juntos habíamos alcanzado el éxito. Con su ayuda sería capaz, en poco más de una hora, de sentarme ante el segundo tablero de San Martín y llevarme las tablas. Sin su auxilio se nos hubiera escapado el match. Con ese empate sabíamos que nuestras posibilidades en el torneo seguían intactas, pero lo más importante era que ambos sentíamos, desde ese día, que cada uno podía contar con el otro. Algo había sucedido entre nosotros que era difícil de expresar.
Se hizo silencio. Fue como si nuestra respiración abandonara sus deberes hacia nuestros cuerpos. Percibí que Ismael se acomodó en su silla. Yo, por instinto, me senté derecho. Me miró a los ojos, y oí su voz que comenzó seria, lejana; mientras continuaba esas palabras se adelgazaron, se fueron transformando en algo suave y alegre:
– ¿Hoy no vas a mandar a tus ejércitos hacia Israel? Entrarían con facilidad. No tengo deseos de pelear –giró una torre sobre sí misma y añadió–, no habría resistencia.
Reí y, sin conciencia, apoyé una mano sobre su hombro.
– Estoy en mi día de suerte, no necesito dados.
Nos alzamos al mismo tiempo y dejamos atrás la glorieta. Salimos riendo, empujándonos con el cuerpo, con los brazos, haciendo barullo. No sé qué cantábamos, pero atravesamos el primer salón casi a los gritos. Éramos felices, no había que ocultarlo. Sentí que por primera vez nos veíamos, que ésa era la primera oportunidad en que realmente estábamos juntos, como si recién nos conociéramos. Esa risa iba a llegar hasta este día, hasta este recuerdo. Habíamos triunfado. Éramos unos chicos, pero habíamos vencido.
Villa del Parque, abril de 2011
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