EL DECIMOQUINTO MOVIMIENTO
por César Mallorquí

Este
relato está inspirado en el primer párrafo
del cuento de Jorge Luis Borges "El milagro secreto".
"Solamente diré aquí, lo que dize Jacobo De Cessolis,
que Xerxes, inventor deste juego, hizo formar cada pieça
de oro y plata, a imitación y forma humana".
Ruylópez de Segura
El misterio alcanzó a Jorge Acevedo Suárez de forma sesgada,
oblicua, como el trazo fugaz de un alfil sobre el tablero, y cuando
llegó a él lo hizo bajo el aspecto de una mujer hermosa
y enigmática que, como surgida de la nada, le visitó cierta
mañana de invierno de mil novecientos cincuenta y ocho.
Ocurrió durante el transcurso de un certamen ajedrecístico,
poco después de concluir la última de las veinte partidas
simultáneas que Jorge había jugado a modo de exhibición.
Tras obtener un balance final de diecinueve victorias a su favor y unas
tablas, fruto éstas más de su propio cansancio y aburrimiento
que de la supuesta solidez de su rival, Jorge se disponía a abandonar
aquella tediosa reunión de aficionados cuando una mujer joven
se aproximó a él y le tendió un libro.
- ¿Tendría la amabilidad de dedicármelo, señor
Acevedo? -su voz, grave y oscura, evocaba el rumor del fuego.
El libro llevaba por título Diez variaciones sobre la Defensa
Alekhine y su autor era el propio Jorge. La mujer, alta y esbelta, de
larga cabellera rizada y negra, y unos grandes ojos que a veces parecían
grises y a veces azules, dijo llamarse Lucrecia. Jorge escribió
con rapidez una dedicatoria en la primera página del volumen,
pero mientras lo hacía no pudo evitar preguntarse cómo
era posible que una mujer tan hermosa se sintiera interesada por una
obra tan abstrusa como la suya.
- ¿Juega usted al ajedrez? -preguntó Jorge tras devolverle
el libro.
- Sólo soy una aficionada -contestó ella-; sin embargo,
puede decirse que el ajedrez es mi vida -una extraña sonrisa
reverberó en sus labios-. O quizá sea más justo
afirmar que el ajedrez es la vida, ¿no le parece? Dos principios
opuestos debatiéndose sobre un tablero cósmico, blanco
contra negro, Ohrmazd contra Ahriman, Cristo contra Satanás.
Jorge se encogió de hombros.
- Quizá, aunque personalmente lo considero sólo un juego.
- Exacto, sólo un juego. Como la vida.
La mujer mantuvo la mirada fija en los ojos de Jorge, como si aguardara
respuesta a una pregunta no formulada. Él se sintió un
poco incómodo a causa del extraño derrotero que había
tomado aquella conversación, y también algo cohibido por
la perturbadora belleza de Lucrecia.
- ¿Qué le ha parecido mi libro? -preguntó, más
que nada por romper el silencio.
- Interesante; sobre todo la quinta variación. Esa idea de sustituir
el desplazamiento de alfil en el séptimo movimiento por un avance
de peón parece prometedora, aunque deja un tanto desprotegido
el flanco de rey.
Jorge se mostró de acuerdo con la observación, pero alegó
que el problema podía subsanarse mediante un enroque largo. Lucrecia
señaló entonces que la posición resultante sería
vulnerable a un ataque de los caballos negros, y durante los siguientes
minutos se enfrascaron en un apacible intercambio de opiniones plagado
de complejos planteamientos estratégicos. La mujer, para sorpresa
de Jorge, demostró poseer un amplio bagaje de conocimientos técnicos
y una mente tan afilada como un bisturí, capaz de diseccionar
con increíble minuciosidad cualquier posición de las piezas
sobre el tablero, por compleja que ésta fuere. Jorge, de un modo
vago, se daba cuenta del hechizo que poco a poco Lucrecia iba ejerciendo
sobre él -belleza e inteligencia conjugan un cóctel tan
infrecuente como explosivo-, y por eso, tras un par de interrupciones
originadas por aficionados en busca de autógrafos, sugirió
que continuaran aquella conversación en un café cercano,
donde podrían gozar de más privacidad.
Poco después ambos se encontraban sentados frente a frente, con
los codos apoyados sobre el mármol de un velador, compartiendo
sendas tazas de café y describiendo con su conversación
un complejo entramado de jaques, gambitos, defensas, aperturas, ataques
y contraataques, como si entre ellos se hubiera establecido una extraña
complicidad delimitada por los sesenta y cuatro escaques de un metafórico
tablero.
No obstante, mientras hablaban, Jorge no dejaba de preguntarse quién
podría ser aquella mujer. Sus conocimientos sobre ajedrez eran
demasiado amplios como para tratarse de una simple aficionada, pero
Jorge jamás la había visto en ningún torneo, ni
había oído hablar de ella, y en el pequeño mundo
de los círculos ajedrecísticos difícilmente hubiese
pasado inadvertida la presencia de una belleza tan deslumbrante, ni,
si queremos ser justos, de una inteligencia tan aguzada. Lucrecia, pensó
Jorge, debía de tener más o menos su misma edad, alrededor
de los veinticinco años. Vestía con discreción
y elegancia, no llevaba joyas y apenas usaba algo de maquillaje, como
si, consciente de su propia belleza, quisiera amortiguarla, matizarla,
procurando de este modo que no resultara estridente. Pero, más
allá del atractivo de sus rasgos, de la gracia de su figura,
más allá incluso del magnetismo de su personalidad y de
la brillantez de su intelecto, había algo misterioso y laberíntico
en ella, como un secreto oculto tras un enigma.
- ¿Quién es usted, Lucrecia? -preguntó él,
casi sin proponérselo, aprovechando una pausa en la conversación.
- ¿Quién soy yo? -un deje de ironía se deslizó
en la expresión de la mujer-. Una admiradora suya, por supuesto.
Jorge sacudió la cabeza e insistió:
- ¿Quién es usted?
Lucrecia desvió la mirada y contempló a través
del ventanal cómo la lluvia comenzaba a caer sobre la solitaria
calle. Al cabo de unos segundos se volvió de nuevo hacia Jorge.
- Le propongo algo -dijo-: juguemos una partida de ajedrez. Si usted
gana contestaré a cualquier pregunta que quiera hacerme.
- ¿Y si pierdo?
- No creo que tal cosa llegue a suceder -sonrió-. ¿Jugamos?
- Pero no tenemos tablero, ni piezas...
En vez de contestar, Lucrecia extrajo del interior de su bolso un pequeño
tablero de bolsillo y lo puso sobre el velador. Se trataba de una cajita
plegable de madera esmaltada, con los bordes taraceados en nácar
y ébano. Las figuras, labradas en marfil y lapislázuli,
representaban con prodigiosa minuciosidad a reyes y reinas, obispos,
caballeros, carros de guerra y donceles.
- Es muy hermoso -comentó Jorge.
- Lo confeccionó Benvenuto Cellini, el orfebre florentino, como
regalo para el cardenal de Ferrara -dijo ella mientras distribuía
las piezas-. Eso ocurrió en mil quinientos cuarenta, pero no
pasó a poder de mi familia hasta un siglo más tarde.
Jorge pensó que sólo alguien muy rico, o muy insensato,
podía permitirse el lujo de llevar encima una antigüedad
tan valiosa con tanta despreocupación, pero no hizo ningún
comentario al respecto. Lucrecia le invitó con un gesto a realizar
la primera jugada, ya que al disponer las piezas en el tablero había
colocado las blancas del lado del hombre y las negras del suyo. Jorge
tendió la mano y avanzó el peón de dama hasta el
cuarto escaque, ella, sin detenerse a pensarlo, respondió con
la defensa Nimzo-India, situando un caballo frente al alfil de rey.
Durante los primeros minutos ambos efectuaron sus respectivos movimientos
con rapidez, siguiendo la pauta marcada por miles de partidas anteriores,
pero en la sexta jugada Lucrecia introdujo una sutil variante que poco
después derivó a una comprometida situación para
las blancas, con escaso margen de maniobra y apenas ninguna posibilidad
de ataque. Una hora más tarde Jorge adquirió la certeza
de que iba a perder. Sus alfiles se hallaban bloqueados y los caballos
negros maniobraban con total libertad, disponiéndose para un
letal asalto al rey blanco.
Entonces Lucrecia cometió un error. No fue algo demasiado grave,
tan sólo una leve modificación en su línea defensiva,
pero bastó para que Jorge lograra afianzar la posición
de sus piezas, convirtiendo el centro del tablero en un terreno cerrado
y asfixiante que impedía el desarrollo por ambas partes de cualquier
estrategia ganadora.
- Creo que nos encontramos ante unas tablas -dijo Lucrecia, reclinándose
en su asiento.
- Eso parece -aceptó Jorge-. La felicito, ha jugado extraordinariamente
-suspiró-. Lo malo es que no he conseguido ganarla, y lo peor
es que ahora me quedaré sin saber quién es usted.
- Dije que si me derrotaba contestaría a cualquier pregunta -comentó
ella mientras recogía las piezas-, y ese derecho no se lo ha
ganado. Pero eso no significa que no vaya a decirle quién soy
y por qué estoy aquí. El único problema es que,
para aclarar esos puntos, tendré que contarle una vieja historia.
¿Quiere oírla?
- Claro -asintió Jorge.
Lucrecia plegó el tablero y lo guardó en el bolso. Luego
se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió con
un pequeño mechero de plata.
- Mi historia comienza a finales del siglo once -dijo, reclinándose
de nuevo en el asiento-, durante los tiempos de la primera cruzada.
Por aquel entonces existían dos viejas y poderosas familias,
los Scopo y los Dunkel, enfrentadas desde mucho tiempo atrás
por cuestiones que ahora no vienen al caso. En el año mil noventa
y cinco, cuando Urbano II conminó a los fieles a reconquistar
los Santos Lugares, la familia Scopo se unió a las tropas de
Bohemundo de Tarento, y los Dunkel a las fuerzas de Balduino de Flandes.
Dos años más tarde, ya en plena campaña, los ejércitos
de Balduino y de Bohemundo se disputaron el saqueo de la ciudad de Tars.
Al principio, ambos bandos intentaron llegar a un acuerdo, pero como
éste no se produjo, la situación devino en una enfrentamiento
armado: cruzados contra cruzados peleándose por los despojos
de una población arrasada. En primera instancia fueron los hombres
de Bohemundo, capitaneados por su sobrino Tancredo, quienes se hicieron
con Tars; pero, nada más conseguir refuerzos, Balduino regresó
para apoderarse de la ciudad, cosa que logró tras una encarnizada
batalla. Pero algo ocurrió durante aquel enfrentamiento, algo
terrible e inconfesable que enemistó definitivamente, y de por
vida, a los Scopo y a los Dunkel -Lucrecia hizo una pausa para aspirar
el humo de su cigarrillo-. He dicho "de por vida", cuando
lo justo sería decir "de por vidas", porque desde aquel
momento, y durante doscientos años, ambas familias se entregaron
a la mutua venganza. Atentados, asesinatos, traiciones... Fue como un
drama de Shakespeare, o como un cuento de vendettas sicilianas, si lo
prefiere.
- Pero todo eso sucedió hace mucho tiempo -intervino Jorge-.
¿Qué tiene que ver con usted?
- Ah, el tiempo... -Lucrecia sacudió la cabeza-. En esta historia,
como pronto comprobará, nadie tenía demasiada prisa. Pero
permítame proseguir. Dos siglos más tarde los Dunkel y
los Scopo se detuvieron a hacer balance de aquel enfrentamiento y descubrieron
que, tras dos siglos de entrecruzados asesinatos, tanto los unos como
los otros estaban a punto de desaparecer -dio una última calada
y aplastó el cigarrillo en el cenicero-. Ahí es donde
interviene el ajedrez, Jorge. Durante la edad media, como sabrá,
el estudio del juego de los reyes formaba parte de la educación
de cualquier caballero medianamente ilustrado, así que no es
de extrañar que la pasión por el tablero fuera el único
rasgo que compartieran los Dunkel y los Scopo. Pues bien, a comienzos
del siglo catorce ambas familias acordaron una entrevista secreta con
el objetivo de poner fin a aquella matanza indiscriminada. Tras un largo
debate decidieron que las causas de su enemistad seguían vigentes,
que la lucha entre ellos debía proseguir. Pero en otros términos.
Basta de muertes, dijeron, basta de traiciones y atentados. Que sean
nuestras mentes, nuestras inteligencias, las que combatan, y no el músculo
y el acero. Dirimamos las diferencias que nos separan, sí, pero
hagámoslo sobre el terreno de los sesenta y cuatro escaques blancos
y negros. Que el ajedrez sea el campo de batalla -suspiró-. Y
eso fue lo que acordaron. Jugarían una partida de ajedrez, sólo
una; pero como el enfrentamiento no se produciría entre personas,
sino entre dinastías familiares, la duración de esa partida
habría de medirse en términos generacionales: un movimiento
cada medio siglo. Lo cual significa que, hasta el momento, se han efectuado
catorce jugadas.
- ¿Hasta el momento? ¿Quiere decir que todavía
se está jugando una partida que comenzó en el siglo catorce?
Lucrecia ignoró el escepticismo que bailaba en la mirada del
hombre y asintió con seriedad.
- Dos familias enfrentadas en una partida de ajedrez durante casi seiscientos
años, sí -dijo, y añadió como si pensara
en voz alta-: El tablero y las piezas se encuentran en una torre secreta
y hay un premio enorme, descomunal, aguardando al ganador -hizo una
pausa-. Bueno, esa es la historia. ¿Qué le parece?
- Pues... interesante -respondió él con no mucha convicción.
- ¿Sólo interesante? Me decepciona, Jorge. Piense en las
implicaciones de mi relato. ¿Qué cree que hicieron esas
dos familias sabiendo que su destino dependía del resultado de
una partida de ajedrez? Prepararse para el enfrentamiento, como es lógico.
Generación tras generación, cada Dunkel, cada Scopo, sería
instruido desde la infancia en el arte del ajedrez, dedicándose
de por vida a un único fin: decidir cuál iba a ser el
siguiente movimiento. Pero eso no bastaba, así que tanto los
Dunkel como los Scopo procedieron durante siglos a reclutar para sus
respectivos bandos a los mejores ajedrecistas del mundo -Lucrecia sacó
de su bolso una estilográfica y comenzó a juguetear con
ella-. Lo cual nos conduce directamente a la razón de mi presencia
aquí -se inclinó hacia delante y agregó en voz
baja-: Porque deseamos que usted, Jorge, nos ayude a realizar el siguiente
movimiento.
Jorge contempló a Lucrecia en silencio. ¿Qué pretendía
esa mujer? Aquello no podía ser más que una retorcida
broma, o una extraña forma de coqueteo, o quizá sólo
las fantasías de una loca. En cualquier caso, Jorge pensó
que lo mejor era seguirle la corriente.
- Y usted, Lucrecia, ¿qué es? -preguntó-: ¿Dunkel
o Scopo?
- Eso no importa -repuso ella sin apartar su mirada de la de él-.
Estamos hablando de ajedrez, del blanco contra el negro, una pura abstracción.
Sin embargo, permítame decirle algo concreto: si acepta trabajar
para nosotros será generosamente recompensado -desenroscó
el capuchón de la estilográfica, escribió un número
sobre una servilleta de papel y se lo mostró a Jorge-. Esta es
la cantidad que recibirá mensualmente, durante el resto de su
vida, tan sólo por hacer una jugada.
Jorge contempló la cifra que la mujer había trazado con
tinta violeta sobre el rugoso papel.
- Un salario muy generoso, es cierto -sonrió con ironía-.
Tanto dinero simplemente por hacer un movimiento... Sería un
loco si no aceptara.
- En tal caso, Jorge, sea bienvenido a mi familia -Lucrecia guardó
la pluma y sacó del bolso un pequeño estuche de piel-.
Cómo sabrá, durante la Edad Media el concepto de familia
era mucho más amplio que ahora, ya que en ese término
se incluía, no sólo a la parentela de sangre, sino también
a los sirvientes y trabajadores de la casa. Por eso, al aceptar nuestra
oferta, usted ha pasado a ser automáticamente un miembro más
de nuestro linaje.
- Entonces usted y yo somos primos, ¿no? -bromeó él.
- Algo así -sonrió ella-. Un último detalle, Jorge:
a todos nosotros se nos entrega un pequeño objeto, en realidad
una enseña que indica nuestra pertenencia a la familia, y también
el rango que en ella ocupamos -le ofreció el estuche-. Esto es
para usted.
Jorge abrió la cajita con curiosidad. En su interior, descansando
sobre un forro de seda blanca, había un peón plateado.
- ¿Un peón? -murmuró él-. Vaya, no puede
decirse que mi rango sea muy elevado.
- A veces el resultado de una partida depende de un simple peón.
- Es cierto -convino Jorge-. Sin embargo, confiaba en alcanzar un nivel
más alto; supongo que esperaba ser un alfil, o un caballo, o
quizá una torre -su mirada se tornó burlona-. ¿Quién
es la reina? ¿Usted?
- No, Jorge, yo sólo soy un peón más. De hecho,
la reina todavía no ha entrado en juego -Lucrecia se puso en
pie y añadió-: Ya es tarde, tengo que irme.
- Pero todavía ignoro lo qué debo hacer -protestó
él, incorporándose a su vez-. Si tengo que realizar un
movimiento debo conocer antes el estado actual de la partida.
- Por ahora eso no será necesario -contestó la mujer mientras
se ponía el abrigo-. Adiós, Jorge; ha sido un placer hablar
con usted.
- Un momento -la contuvo él-. ¿Volveremos a vernos?
- Claro. La familia no debe estar separada mucho tiempo, ¿verdad?
Lucrecia le dedicó una radiante sonrisa, se dio la vuelta y abandonó
el café. A través del vaho que matizaba los vidrios del
ventanal, Jorge vio cómo su figura se perdía en la soledad
de la calle, bajo la mansa lluvia. Lo que él ignoraba es que
habrían de transcurrir diecisiete años hasta su siguiente
encuentro.
Al principio, Jorge no le dio mucha importancia a todo aquello. Una
mujer muy bella, y quizá un tanto excéntrica, había
querido gastarle una broma, aunque sin duda su sentido del humor era,
cuando menos, extraño. Sin embargo, había dos aspectos
del asunto que se le antojaban decididamente inexplicables. Por un lado,
hubo un momento durante la partida que habían jugado ella y él,
en que Jorge se supo irremediablemente perdido, y fue justo entonces
cuando Lucrecia efectuó una jugada errónea. Pero lo hizo...
de forma condescendiente, sí; como si jugara con un niño
al que no quisiera abrumar con la vergüenza de una derrota. De
otra parte estaba aquel peón plateado. Tras consultar en una
joyería, Jorge descubrió que, lejos de ser simplemente
plateado, se trataba de una pieza de plata maciza, muy pura, un objeto
tan valioso que difícilmente podía formar parte de una
vulgar broma.
Pero la definitiva prueba de que no había chanza alguna en todo
aquello le llegó un par de semanas más tarde, cuando el
correo trajo una notificación del banco comunicándole
el ingreso de la generosa suma que Lucrecia le había prometido.
Entonces Jorge se asustó, incluso pensó en dar aviso a
la policía, aunque tras meditarlo un poco se dio cuenta de que
allí no existía ningún delito que denunciar. Sin
embargo, ¿qué estaba ocurriendo? ¿Qué se
ocultaba tras la entrega de esa elevadísima suma?
Fuera como fuese, al mes siguiente se produjo un nuevo ingreso, y treinta
días más tarde otro. Para entonces, Jorge ya había
intentado localizar el origen de aquel dinero, pero en el banco le dijeron
que los pagos se realizaban desde la cuenta reservada de un banco suizo,
y que nada podían decirle acerca de su titular. A partir de aquel
momento Jorge dedicó todo su esfuerzo a la búsqueda de
Lucrecia. Viajó a París, a Moscú, a Viena, a Londres,
recorriendo sin tregua los principales circuitos ajedrecísticos
de la vieja Europa. En todas partes preguntó por una mujer joven
y hermosa, de ojos entre azules y grises y de larga cabellera negra,
pero nadie la había visto, nadie pudo darle noticias de ella.
Finalmente, ocho meses después, fracasado su intento de encontrar
a Lucrecia, Jorge abandonó la búsqueda. Pero aquel misterio
le obsesionaba y, a falta de una mejor explicación, decidió
aceptar como auténtica la historia que le había contado
la mujer. Dos familias jugaban una partida de ajedrez desde comienzos
del siglo XIV, a un ritmo de cincuenta años por jugada. Catorce
movimientos se habían efectuado hasta entonces. Y ello, pensó
Jorge, implicaba que el turno de mover le correspondía a las
blancas.
A las blancas... ¿A los Scopo? ¿Era ése el auténtico
nombre de la mujer, Lucrecia Scopo? Sin embargo, los apellidos de aquellas
dos familias rivales resultaban demasiado simbólicos como para
ser auténticos. Scopo significaba "blanco" en italiano,
y Dunkel era el término alemán para "oscuro".
Blanco y oscuro, como las piezas del ajedrez. Además, pese a
que Jorge buscó en decenas de libros y archivos, jamás
encontró el menor indicio de que hubiera algún Dunkel,
algún Scopo, entre los participantes de la primera cruzada.
Con el paso del tiempo, mientras los enigmáticos ingresos se
acumulaban en su cuenta corriente, el carácter de Jorge fue tornándose
progresivamente taciturno. Aunque en ningún momento abandonó
el estudio del ajedrez, lo cierto es que dejó de asistir a los
torneos y a las exhibiciones, y de frecuentar los ambientes ajedrecísticos.
Al cabo de dos años, una revista especializada le dedicó
un breve artículo, preguntándose el por qué de
la repentina desaparición de un jugador tan prometedor.
La razón de este alejamiento, de este apartarse del mundo, era
que Jorge se había embarcado en un proyecto tan ambicioso como
irrealizable: intentar reproducir los catorce movimientos de la partida
Scopo-Dunkel sin contar con el menor dato sobre ella. Se trataba, por
supuesto, de una tarea imposible; había, literalmente, billones
de posibilidades distintas y, aunque por azar diera con la correcta,
¿cómo saberlo? No obstante, Jorge, de un modo similar
al empeño de Pierre Menard en escribir el Quijote, llenó
su casa de tableros de ajedrez, desarrollando en cada uno de ellos decenas
de posiciones alternativas, y así sus días se convirtieron
en una irracional partida múltiple, en un desmedido enfrentamiento
entre él y el infinito.
Mientras esto ocurría, Jorge evocaba una y otra vez la conversación
que mantuvo con Lucrecia en el café. Poco a poco, la historia
de una partida de ajedrez milenaria, que en un principio se le antojó
ridícula, fue adquiriendo en su mente un tono legendario, casi
metafísico. Existía un aspecto en particular que le intrigaba
sobremanera: Lucrecia había afirmado que un premio enorme, grandioso,
aguardaba al ganador. Pero, ¿en qué podía consistir
dicho premio? Habida cuenta la descomunal duración de la partida,
la recompensa debía estar en consonancia con la magnitud de la
empresa.
Al principio Jorge pensó que podría tratarse de un gran
tesoro, quizá el botín arrebatado a los árabes
durante la cruzada, pero luego consideró que aquello era demasiado
vulgar, así que especuló con la esotérica posibilidad
de que el premio consistiera en el saber arcano y prohibido depositado
en los polvorientos anaqueles de una secreta biblioteca. Más
adelante tanteó la alternativa de que fuera una recompensa mística,
quizá el grial, o la lanza de Longinos, o la concha de uno de
los caracoles que cubrieron la cabeza del príncipe Sidharta para
protegerle del sol. Después, dando un brusco giro a sus especulaciones,
consideró la idea de que lo que ambas familias se disputaban
era el dominio del mundo, como si de una mala novela a lo Ian Fleming
se tratara. Pero aquella posibilidad tampoco le resultó satisfactoria,
así que adoptó un punto de vista teológico e imaginó
que la partida Scopo-Dunkel era en realidad la batalla del Harmagedón,
la lucha final entre las fuerzas de la luz y de la oscuridad, y que
de su resultado dependía el destino último del universo.
No tardó, sin embargo, en desechar una teoría tan fantasiosa,
para inclinarse al poco por la posibilidad, más prosaica pero
no menos terrible, de que lo que estuviera en juego fueran las vidas
de los perdedores. Imaginó, pues, una trama con ribetes melodramáticos
en la que, concluida la partida, la familia derrotada debería
entregarse a un suicidio colectivo, siendo la total destrucción
de sus rivales el premio para el ganador. Sin embargo, esa idea, pese
a ser ciertamente más realista, parecía de difícil
ejecución, ya que resultaba muy dudoso que nadie aceptara de
buen grado poner fin a su vida en virtud de un pacto sellado, seiscientos
años atrás, por unos remotos antepasados. No, debía
existir una gran recompensa que sirviera como acicate para el enfrentamiento.
Aunque, en ocasiones, Jorge sospechaba que no se trataba de una recompensa
tangible, sino más bien del resultado inevitable de toda partida
de ajedrez: la satisfacción de la victoria para el ganador y
la vergüenza de la derrota para el perdedor. Apenas nada, sólo
un juego.
No obstante, por muchas vueltas que le diese, esas especulaciones poseían
la misma solidez que su intento de dar forma a la partida Scopo-Dunkel.
Ninguna. Todo aquello eran puras divagaciones, ejercicios malabares
en el vacío, juegos de la mente. Jorge tardó en darse
cuenta de ello, pero poco a poco, a medida que la frustración
iba minando su ánimo, se resignó a aceptar que sólo
había un modo de conocer la verdad: aguardar a que Lucrecia cumpliera
su palabra y volviera a verle. Y si bien aún faltaba mucho para
que eso sucediera, lo cierto es que finalmente, tres años después
de su primera y única entrevista, tuvo noticias de Lucrecia.
Ocurrió durante la primavera de mil novecientos sesenta y uno.
Cierto día de mayo, Jorge descubrió en su buzón
una carta en la que figuraba su nombre y dirección, pero que
carecía de remite, así como de sello y matasellos, evidencia
ésta de que había sido depositada en mano. Jorge rasgó
el sobre y extrajo de su interior una cuartilla en la que aparecía
un breve mensaje escrito con tinta violeta.
"Querido Jorge: le ruego que tenga la amabilidad de acudir el próximo
sábado al match de exhibición de Teresa Zhivkova.
Lucrecia".
Jorge experimentó una intensa emoción. Por fin se reencontraría
con la misteriosa mujer, por fin iba a poder formular las preguntas
que tanto tiempo llevaban atormentándole, por fin sabría
cuál era su papel en aquella trama. Corrió a su despacho
y hojeó con avidez los últimos ejemplares de las diversas
revistas especializadas a que estaba suscrito, hasta encontrar en uno
de ellos lo que andaba buscando. Se trataba de un artículo sobre
cierta jugadora búlgara de ajedrez llamada Teresa Zhivkova que,
huyendo del régimen comunista de Anton Yugov, había solicitado
recientemente asilo político. Al final del texto se mencionaba
el torneo de exhibición que la jugadora disputaría bajo
el patrocinio del Ateneo.
Al llegar el sábado, Jorge se presentó a primera hora
en las instalaciones destinadas al torneo. Teresa Zhivkova, una joven
de rasgos agradables y expresión enérgica, acababa de
iniciar la apertura de la primera de las seis partidas que iba a disputar
contra otros tantos grandes maestros, pero Jorge no prestaba atención
al juego. Sentado en un extremo del auditorio se dedicaba a observar
al público, intentando distinguir entre aquellas caras anónimas
el bello rostro de Lucrecia. Pero su esperanza se vio frustrada porque,
aunque permaneció toda la mañana pendiente del ir y venir
de los espectadores, aunque cada vez que la puerta del auditorio se
abría para permitir el paso de un recién llegado su corazón
parecía detenerse durante una fracción de segundo, en
ningún momento advirtió la presencia de la mujer.
Finalmente, cuando la exhibición concluyó y los asistentes
comenzaron a abandonar el Ateneo, Jorge recogió su gabardina
y, en un estado de ánimo situado a medio camino entre la irritación
y el abatimiento, se dirigió hacia la salida. Fue entonces cuando
un hombre se acercó a él. Se trataba de Adolfo Casares,
un viejo amigo suyo, también jugador de ajedrez, al que hacía
años que no veía. Casares se mostró encantado de
aquel encuentro y, tras saludarle efusivamente, le preguntó acerca
de su vida, interesándose en saber por qué había
abandonado la práctica del ajedrez. Jorge contestó con
evasivas e intentó improvisar alguna excusa que le permitiera
librarse de lo que para él no era más que un indeseado
formalismo social; pero Casares, un hombre de talante abierto y expansivo,
ignoró sus protestas, le tomó por el brazo y le dijo que
debía conocer a la invitada de honor de aquel acto, la encantadora
señorita Teresa Zhivkova.
La jugadora búlgara, una mujer agradable y espontánea
que se expresaba en un exótico castellano aprendido en Cuba,
se mostró encantada de conocer a Jorge, ya que había leído
su libro sobre la defensa Alekhine y, según dijo, lo consideraba
extraordinario. Teresa y Jorge charlaron durante largo rato y luego,
en compañía de un grupo de ajedrecistas, se dirigieron
a un restaurante cercano, donde prosiguieron animadamente su conversación.
No se despidieron hasta bien entrada la tarde, mostrándose ambos
de acuerdo en volver a encontrarse para continuar con tan estimulante
charla.
Más tarde, al regresar a su casa, Jorge tomó asiento en
un sillón y allí permaneció casi una hora sumido
en sus pensamientos. El plantón de Lucrecia le había irritado,
pero al menos tuvo la virtud de actuar sobre él como una especie
de revulsivo. Lo cierto es que ya estaba más que harto de todo
aquello. ¿Que dos familias jugaban desde tiempos inmemoriales
una partida de ajedrez? Fantástico, esa era una buena anécdota
para comentar en las charlas de café. ¿Que alguien, por
la razón que fuese, se dedicaba cada mes a ingresar en su cuenta
una fortuna? Muy extraño, sí, pero en modo alguno desagradable.
¿Que, supuestamente, tenía que realizar una jugada, pero
ni siquiera conocía la posición de las piezas? Bien, eso
no era culpa suya.
Durante tres años, Jorge se había aislado del mundo, obsesionado
con un misterio al que no lograba encontrar sentido, pero aquel día,
al reencontrarse con el mundo del ajedrez -el ajedrez normal, no ese
juego esotérico y metafísico que tanto tiempo llevaba
practicando-, al reunirse con sus viejos amigos, al conocer a una mujer
tan encantadora como Teresa, descubrió lo mucho que añoraba
su vida anterior, la vida que había llevado hasta que Lucrecia
se cruzó en su camino.
Así que Jorge decidió entonces mandarlo todo al infierno.
Arrojó a la basura las decenas de tableros de ajedrez que, en
un torpe intento de reproducir la partida Scopo-Dunkel, abarrotaban
la casa, quemó todos sus apuntes y archivos, descorrió
las cortinas, abrió las ventanas de par en par y permitió
que una brisa primaveral arrastrara a su paso el polvo de la soledad
y las telarañas de la locura.
A partir de entonces, Jorge volvió a frecuentar los círculos
ajedrecísticos, zambulléndose de nuevo en los rigores
de la alta competición. Recuperó pues los viejos amigos
y las viejas costumbres, y logró olvidarse casi por completo
de la desconcertante historia de los Scopo y los Dunkel. Entre tanto,
comenzó frecuentar la compañía de Teresa Zhivkova,
a la que le unía una sincera amistad que acabó por convertirse
en algo más profundo cuando cierta noche, durante el transcurso
de un campeonato de ajedrez celebrado en Salónica, ambos se encerraron
en una habitación del hotel para entregarse mutuamente a los
íntimos placeres de la actividad amorosa.
Un año más tarde contrajeron matrimonio y dos años
después nació su primer y único hijo, una niña
de piel sonrosada y ojos azules a la que pusieron por nombre Vera, en
honor a Vera Francevna Stevenson Menchik, la famosa jugadora de ajedrez
heptacampeona del mundo. Y fue entonces, justo al día siguiente
de que Vera naciese, cuando sucedió algo que hizo retornar a
los viejos fantasmas.
El parto había sido normal y sin complicaciones, pero Teresa
tenía que permanecer un par de días ingresada en la clínica
y necesitaba algunas cosas, así que Jorge regreso a casa por
la tarde y comenzó a guardar todo lo necesario en una bolsa de
viaje. Inesperadamente, cuando estaba buscando la ropa interior de Teresa,
encontró en el fondo del armario una pequeña caja de madera
que permanecía oculta entre los pliegues de un foulard de seda.
Normalmente Jorge no hubiera prestado atención a aquello, pero
algo, quizá que ese objeto pareciera escondido adrede, le llamó
la atención. Sintiéndose un poco avergonzado por fisgar
la intimidad de su mujer, abrió la caja. En su interior había
un fajo de documentos bancarios y un estuche de piel. Jorge examinó
los extractos del banco y descubrió que Teresa poseía
una cuenta corriente de la que él nada sabía, y que en
esa cuenta se ingresaba mensualmente una elevada cantidad de dinero
procedente de Suiza. Jorge, demudado, dejó a un lado los documentos
y cogió el estuche. Antes de abrirlo ya sabía cuál
era su contenido: un peón de plata idéntico al que, seis
años atrás, recibiera de manos de Lucrecia.
Anonadado, tomó asiento sobre la cama. Teresa, su mujer, también
formaba parte de la partida Scopo-Dunkel... Al principio, Jorge se sintió
herido, defraudado por el hecho de que ella le hubiera ocultado algo
tan importante, pero luego tuvo que reconocerse a sí mismo que
él había actuado de idéntica manera, que jamás
le habló a Teresa de Lucrecia, ni del dinero, ni de la fantástica
partida de ajedrez que venía jugándose desde la Edad Media.
Sentado sobre la cama, Jorge permaneció largo rato pensativo.
Y ahora, ¿qué iba a hacer? ¿Contárselo todo
a Teresa, exigirle explicaciones y explicarse él mismo a su vez?
Quizá ese fuera el modo más lógico de obrar, pero
a Jorge se le antojaba una tarea espinosa y compleja, sobre todo ahora
que su hija acababa de nacer. ¿Y si por hablar con Teresa regresaba
la obsesión que antaño casi le había enloquecido?
¿Y si, desempolvando viejas historias, ponía en peligro
el mayor bien que poseía, aquella plácida cotidianidad
que tanto le había costado conquistar? No, el riesgo era excesivo.
Jorge guardó los documentos y el peón de plata en la caja,
lo envolvió todo en el foulard y lo depositó en el fondo
del armario, tal y como lo había encontrado. Y jamás le
dijo a su mujer que había visto la cajita de madera y su extraño
contenido.
Los días pasaron, Teresa y la niña abandonaron la clínica
y regresaron a casa. A partir de entonces la vida de Jorge se adaptó
a una nueva rutina regida por biberones y pañales, por el olor
de los polvos de talco y la colonia infantil. Su casa, en otro tiempo
sumida en la oscuridad y el silencio, se llenó de luz y de risas,
como si Vera, al nacer, hubiese obrado el milagro de convertir a una
pareja de excéntricos ajedrecistas en una familia tan normal
y corriente como cualquier otra.
Más tarde, con el lento transcurrir de los años, la exultante
felicidad que en un principio había presidido el matrimonio de
Jorge y Teresa se fue convirtiendo en una relación más
profunda, serena y estable. El amor que mutuamente se profesaban, lejos
de marchitarse con el paso del tiempo, como ocurría con tantas
otras parejas, creció en intensidad y madurez. A veces Jorge
pensaba que eso era así porque ambos, Teresa y él, se
ocultaban algo mutuamente. Poseían un secreto que, aunque no
compartían, parecía unirles de algún modo, quizá
porque se trataba del mismo secreto.
Mientras tanto, Vera dejó de ser un adorable bebé para
convertirse en una niña preciosa, simpática e inteligente.
A decir verdad, extraordinariamente inteligente, como quedó claro
cuando, una tarde de verano, Jorge encontró a su hija, que por
aquel entonces contaba seis años de edad, jugando al ajedrez
con su muñeca favorita. Ni él ni Teresa le habían
enseñado a jugar -quizá porque, de un modo inconsciente,
deseaban mantenerla apartada de una actividad tan obsesiva-, así
que Jorge se sorprendió al descubrir que las piezas estaban distribuidas
de forma lógica sobre el tablero, y mucho mayor fue su sorpresa
cuando advirtió que la niña estaba reproduciendo, con
milimétrica precisión, cada uno de los movimientos de
una célebre partida jugada por el cubano José Raúl
Capablanca.
- ¿Quién te ha enseñado a jugar, Vera? -le preguntó
Jorge.
- Nadie -contestó la niña mientras adelantaba una torre
negra-. Vi como jugabais mamá y tú y aprendí. Luego
miré en vuestros libros. Es fácil.
En efecto, como luego se demostró, para Vera el ajedrez era una
actividad tan sencilla que apenas le suponía esfuerzo alguno.
Su cerebro parecía diseñado para el juego; era capaz de
memorizar centenares de partidas con sólo echarles una ojeada,
podía analizar una posición en pocos segundos y desarrollar
después, con toda precisión, las distintas alternativas
que de ella se derivaban, poseía de modo innato un afilado talento
para la estrategia y la táctica. No es de extrañar, por
tanto, que Vera se convirtiese en la jugadora de ajedrez más
precoz de la historia al adquirir la categoría de Gran Maestro
con tan sólo nueve años de edad.
Sin embargo, Jorge no acababa de ver con buenos ojos las sorprendentes
habilidades de su hija. Es cierto que le enorgullecía el talento
de Vera, como si el hecho de haberla engendrado le hiciese de algún
modo partícipe de sus triunfos, pero en el fondo temía
que aquel raro don pudiera privar a su hija de una infancia feliz y
normal. No obstante, los hechos parecían contradecir sus temores,
ya que Vera, dejando a parte su talento para el ajedrez, era una niña
cariñosa y alegre, tan corriente como pudiera serlo cualquier
otra muchacha de su edad.
Y el tiempo siguió su curso inexorable. Jorge y Teresa prosiguieron
con sus respectivas carreras, no excesivamente brillantes, pero tampoco
mediocres. Compraron un chalet situado en las afueras de la ciudad y
se trasladaron allí; lo amueblaron con mimo y cariño,
conviertiéndolo en un hogar cálido y acogedor, llenaron
todos los rincones de la casa de pequeños detalles destinados
a hacer la existencia más cómoda y agradable, y eso fue
precisamente lo que obtuvieron: una vida tranquila y confortable, libre
de sobresaltos. Hasta que, un invernal domingo de mil novecientos setenta
y cinco, el pasado, un pasado remoto y oscuro, se hizo presente.
Jorge estaba en su despacho, sentado frente a la máquina de escribir,
redactando un sesudo artículo sobre cierta variación del
Gambito Evans. Teresa había viajado a Londres para participar
en un torneo y no regresaría hasta finales de la semana siguiente,
así que Jorge se quedó solo en la casa al cuidado de su
hija. A media mañana, Vera le pidió permiso para salir
a jugar al jardín. Él objetó que hacía mucho
frío, pero ella dijo que se abrigaría, e insistió
e insistió con la tenacidad que sólo un niño puede
llegar a desarrollar, hasta que finalmente su padre aceptó. Pero
Jorge no se había quedado tranquilo. El día era realmente
gélido, el cielo estaba encapotado y por la radio habían
dicho que se avecinaba una nevada, de modo que al cabo de un rato decidió
que Vera tenía que regresar al interior de la casa. Dejó
de escribir, se incorporó y se aproximó a la ventana.
Descorrió los visillos y miró a través de los cristales.
Entonces vio que su hija estaba sentada en uno de los bancos de piedra
del jardín, charlando animadamente con una desconocida, una mujer
alta y delgada, de cabellos largos y oscuros y aspecto elegante. Desde
donde él se encontraba no podía verle el rostro, pero
había algo en ella que le resultaba vagamente familiar. Jorge
pensó en abrir la ventana, en llamar la atención de la
desconocida y preguntarle quién era y qué deseaba, pero
algo en aquella escena -quizá el arrebol de felicidad que iluminaba
el rostro de Vera- le hizo dudar y seguir mirando en silencio. De pronto,
la mujer sacó algo del interior de su bolso y se lo entregó
a la niña. Fue entonces cuando la desconocida volvió la
cabeza y, como si en todo momento hubiera sabido que él estaba
allí, espiándolas, le dedicó una luminosa sonrisa.
Era Lucrecia.
Jorge exhaló una bocanada de aire y se estremeció. Su
corazón se detuvo durante un segundo, para luego acelerarse locamente.
Tragó saliva, parpadeó y echó a correr hacia el
recibidor. Abrió la puerta y allí estaba ella, tranquila
y sonriente, al otro lado del umbral. Habían transcurrido diecisiete
años, pero Lucrecia mantenía intacta su belleza, como
si el tiempo, lejos de ajarla, le hubiera añadido nuevos y más
profundos matices. Jorge se quedó inmóvil, mirándola
fijamente sin saber qué hacer ni qué decir.
- ¿Puedo pasar? -preguntó la mujer al cabo de unos segundos.
Jorge, confuso y desconcertado, la invitó a entrar con un gesto.
Luego la condujo al salón, donde ambos se acomodaron en sendos
sillones de cuero castaño.
- ¿Por qué?... -dijo él tras un prolongado silencio.
Después de tantos años de dudas e inquietudes todo se
resumía en esa pregunta: "¿Por qué?".
¿Por qué le habían elegido? ¿Por qué
le pagaban cada mes una fortuna por no hacer nada? ¿Por qué
ella había desaparecido durante tanto tiempo? ¿Por qué
faltó a su cita en el torneo de exhibición? ¿Por
qué Teresa, su mujer, tenía un peón de plata?
Por qué, por qué, por qué...
Lucrecia encendió pausadamente un cigarrillo.
- ¿Recuerda la historia que le conté acerca de los Scopo
y los Dunkel? -preguntó tras aspirar una bocanada de humo-. Supongo
que sí. Pero, ¿ha meditado sobre ella?
- Durante mucho tiempo no hice otra cosa -respondió Jorge.
- Sin embargo no estoy segura de que haya llegado a comprender plenamente
su alcance -hizo una pausa-. Imagínese a esas dos familias, jugando
una partida de ajedrez cuyo desarrollo ha de requerir el transcurso
de innumerables generaciones. Cada Scopo, cada Dunkel, sabe que, durante
toda su existencia, no podrá realizar más que un movimiento,
sólo uno. Entonces esa jugada adquiere una relevancia absoluta.
La vida entera gira en torno a ese movimiento, y su ejecución
se convierte en el objetivo básico, en la razón final
de cada jugador. La vida, por tanto, se transforma en una partida de
ajedrez, y el ajedrez deja de ser una abstracción para convertirse
en vida -dio una profunda calada a su cigarrillo y exhaló lentamente
el humo-. Pero usted y yo sabemos que un jugador de ajedrez no puede
limitarse a realizar una jugada. Debe prever los siguientes movimientos,
debe trazar planes, diseñar estrategias, definir tácticas.
Y si esto es así en un juego normal, ¿qué ocurrirá
con una partida que ha de durar más de mil años? ¿Qué
estrategias han de pergeñarse cuando el ajedrez y la vida se
confunden hasta tal punto que llegan a convertirse en la misma cosa?
-le miró fijamente, como si quisiera asegurarse de qué
le prestaba toda su atención-. Píenselo, Jorge; cuando
eso ocurre, cuando no hay diferencias entre el juego y la realidad,
la estrategia debe extenderse más allá del tablero, los
movimientos que hay que anticipar ya no han de limitarse a las piezas
del ajedrez, sino que afectarán a la vida, a las personas. El
mundo es nuestro tablero, Jorge. ¿Lo comprende?
Él sacudió la cabeza.
- No, no lo entiendo. Usted siempre dice lo mismo: la vida es como el
ajedrez, el mundo es el tablero... Vale, muy bien, ¿pero qué
tiene que ver eso conmigo? -hizo una pausa mientras aguardaba la respuesta,
pero como ésta no se produjo añadió-: Han transcurrido
casi veinte años: ¿para qué ha venido hoy aquí?
La expresión de Lucrecia se tornó vagamente melancólica.
Tras unos segundos de silencio se incorporó y recogió
su bolso.
- Quería despedirme -dijo mientras echaba a andar hacia la salida-.
Me temo que ya nunca volveremos a vernos.
Jorge abrió la boca para decir algo, pero ningún sonido
brotó de sus labios. ¿Cómo que ya no volverían
a verse? Eso no podía ser, no tenía sentido. Había
demasiadas preguntas sin respuesta como para que todo concluyera con
un simple adiós. Vaciló durante unos instantes y luego
siguió a la mujer hasta el recibidor, donde la contuvo sujetándola
por el brazo.
- No puede irse así -protestó-. ¿Y mi jugada? -apartó
la mano y agregó en tono casi implorante-: Usted dijo que yo
tenía que efectuar un movimiento, ¿no es cierto?
Ella le contempló con tristeza, como una maestra apenada por
la ignorancia de un alumno no demasiado despierto.
- Ah, mi pobre Jorge -dijo suavemente-; sigue sin comprender nada, ¿verdad?
-al abrir la puerta, una ráfaga de aire helado alborotó
sus cabellos-. Pero no debe preocuparse -prosiguió-. Usted ya
ha efectuado su movimiento. Y ha jugado muy bien, créame.
La mujer se despidió con un gesto de la mano, cruzó el
umbral, atravesó el jardín y, sin volver la vista atrás,
echó a andar calle arriba. Jorge la observó en silencio,
inmóvil, hasta que Lucrecia desapareció tras una esquina.
Entonces sintió deseos de gritar, de echar a correr tras ella
y decirle que estaba loca, que él no había hecho ningún
movimiento, que todo aquello carecía de sentido, pero finalmente
no hizo nada y se quedó allí, apoyado en el quicio de
la puerta, contemplando la calle ahora vacía. Y así permaneció,
durante quién sabe cuántos minutos, hasta que el aire
comenzó a llenarse de copos de nieve. Entonces, como saliendo
de un trance, se estremeció de frío, cruzó los
brazos, abrazándose a sí mismo, y le gritó a su
hija que volviera a la casa. Cuando la niña entró en el
recibidor, Jorge le dijo:
- Antes te vi hablando con esa mujer. ¿Qué te ha dicho?
- Nada, papá -contestó Vera mientras se despojaba del
abrigo-. Que era amiga tuya, que te conocía desde hace tiempo...
esas cosas, ya sabes.
- No, no lo sé. Hablasteis durante mucho rato, así que
supongo que algo más debió decirte. Además te dio
una cosa. ¿Qué era?
La niña se encogió de hombros.
- No me dio nada.
- ¡Sí que te lo dio! -gritó Jorge-. ¡Yo lo
vi! -la cogió por los hombros y comenzó a zarandearla-.
¡Dime qué era!
- Me haces daño, papá... -protestó Vera con los
ojos húmedos y asustados.
Jorge se inmovilizó, sorprendido por aquel repentino arrebato
de ira. Exhaló una bocanada de aire y, avergonzado, abrazó
a su hija.
- Lo siento -dijo-; perdóname, perdóname... Estoy nervioso
y no sé lo que hago -se apartó de ella-. Anda sube a cambiarte.
La niña parpadeó varias veces, se enjugó las lágrimas
con la manga del jersey y echó a correr hacia su cuarto, remontando
los peldaños de la escalera de dos en dos. Y Jorge se quedó
solo en el recibidor, sintiéndose confuso e inquieto, como si
de repente la paz y el orden que usualmente presidían su hogar
se hubieran visto sacudidos por un terremoto. Sin embargo, pese al desasosiego
que había anidado en la boca de su estómago, logró
adoptar un aire de normalidad e invitó a su hija a comer en una
hamburguesería, y luego la llevó al cine, y en ningún
momento volvió a preguntarle nada acerca de la charla que había
mantenido con Lucrecia en el jardín. No obstante, él sabía
que la mujer le había dado algo a su hija y, cuanto más
pensaba en ello, más seguro estaba de saber qué era.
Por eso, al día siguiente, después de que Vera subiera
al autocar del colegio, Jorge entró a la habitación de
la niña y comenzó a registrarla. Abrió armarios
y cajones, rebuscó entre la ropa, tanteó los bolsillos
de los abrigos, hurgó en bolsos y mochilas, miró en las
estanterías, por detrás de los libros, y debajo del colchón;
no dejó ni un rincón del dormitorio sin examinar. Pero
no encontró nada.
Desconcertado, meditó unos instantes. Si no era en su cuarto,
¿dónde podía haberlo escondido Vera? La respuesta
le llegó de forma inmediata: en el mismo lugar donde había
hablado con Lucrecia. En el jardín. Así que Jorge bajó
las escaleras a toda prisa, salió al exterior y comenzó
a inspeccionar con detenimiento los setos de arizónicas, la caseta
de las herramientas, los marchitos macizos de flores -ahora cubiertos
por una pátina de nieve-, los huecos de los aspersores, los bancos
de piedra... Finalmente, al dar la vuelta a la casa, sus ojos se posaron
en el viejo roble que crecía en medio del patio posterior, y
recordó que a ese árbol solía subirse Vera durante
los largos atardeceres del verano para, como ella decía, poder
ver mejor la puesta del sol. Al hilo de este pensamiento, la mirada
de Jorge ascendió por el tronco del roble hasta detenerse en
el pequeño agujero que, a unos dos metros y medio de altura,
perforaba la áspera piel vegetal.
Apoyándose en las raíces, Jorge trepó a una rama
baja y tendió la mano hasta introducirla en la oquedad. Sus dedos
palparon un amasijo de hojas secas, palitos y restos de telaraña.
De pronto notó la rugosa suavidad de una pequeña caja
rectangular. La cogió, sin poder reprimir un leve temblor, y
contempló exactamente aquello que esperaba encontrar: un estuche
de piel. Ya había visto con anterioridad dos iguales: uno se
lo dio Lucrecia, el otro lo halló en el armario de Teresa, oculto
entre los pliegues de un pañuelo.
Bajó del árbol y se acomodó en un banco de piedra.
Durante largo rato permaneció inmóvil, contemplando con
fascinación el estuche mientras su aliento se condensaba en blancas
vaharadas. Finalmente, tras una larga inspiración, lo abrió.
En su interior, como él sospechaba, había una pieza de
ajedrez de plata.
Pero no era un peón.
Un intenso vértigo se adueñó de Jorge al tiempo
que sus pensamientos parecían fragmentarse, como una lluvia de
confeti arrastrada por un vendaval. De repente, tras unos segundos de
confusión, todo adquirió un inesperado sentido. Su mente
se volvió clara como el cristal y, por primera vez, comprendió
el oculto orden que regía su propia vida, y la vida de su mujer,
y ahora también la vida de su hija. Una partida de ajedrez cuyo
ámbito se extiende más allá de los sesenta y cuatro
escaques que usualmente delimitan la frontera entre el juego y la realidad.
Una partida de ajedrez donde las piezas dejan de ser figuras para convertirse
en seres humanos. Una partida de ajedrez en la que los movimientos deben
ser previstos con una amplitud que abarca generaciones.
Generaciones... Ésa era la clave de todo.
Porque él, Jorge, no fue elegido por los Scopo, o por los Dunkel,
o por quién quiera que fuese, en base a su maestría como
ajedrecista, sino por su capacidad de engendrar esa maestría.
Y cuando Lucrecia le escribió pidiéndole que acudiera
a aquel torneo no lo hizo para encontrarse con él, sino para
que él se encontrara con Teresa. Porque ellos, los jugadores
en la sombra, querían que Teresa y él se conocieran, y
que se enamoraran, y que luego, con el tiempo, tuvieran una hija.
Vera.
Jorge apretó el estuche en el puño y se echó a
reír. Tenía gracia, pensó, era para partirse de
risa. Si miraba de reojo quizá pudiera advertir el fugaz brillo
de los hilos insustanciales que le ataban a los designios de un oculto
titiritero. Porque todo, su carrera como ajedrecista, su matrimonio,
su familia, cada uno de los hechos importantes que habían acontecido
en su vida, todo, absolutamente todo, seguía las pautas de un
juego portentoso que se desarrollaba a través del tiempo, a lo
largo y ancho de todo el orbe, delineando un invisible entramado de
cuadrados blancos y negros.
Y cada jugada, cada permutación, cada gambito, las casi intangibles
visitas de Lucrecia, el amor que Teresa y él se profesaban, los
peones de plata, los torneos de ajedrez, su fortuna en el banco, aquel
chalet, el jardín, todo conducía a Vera.
Vera, la jugadora prodigio, el resultado de una unión predeterminada.
¿Qué había dicho Lucrecia?... "Usted ya ha
efectuado su movimiento, y ha jugado muy bien".
Sí, tenía razón, había jugado extraordinariamente
bien. Porque en realidad Vera, su hija, era la jugada que él
debía efectuar.
Y más adelante, quién sabe cuándo, ella sería
la encargada de realizar el decimoquinto movimiento de la legendaria
partida de ajedrez que, desde hacía más de seiscientos
años, enfrentaba a dos viejas familias largamente enemistadas.
Porque Vera, su hija, era ahora la Reina de Plata.
(c)César
Mallorquí.
